Líbano vota hundido en su peor crisis desde su guerra civil

El país mediterráneo celebra las primeras elecciones legislativas desde las protestas masivas de 2019, en medio del descrédito de la clase política Leer

Líbano vota hundido en su peor crisis desde su guerra civil

El país mediterráneo celebra las primeras elecciones legislativas desde las protestas masivas de 2019, en medio del descrédito de la clase política Leer

Crisis El ‘annus horribilis’ del Líbano Explosiones Las cinco crisis del Líbano

La brutal crisis económica, el descrédito de la clase política y la falta de confianza en las elecciones como motor de cambio se conjuran este domingo en los comicios legislativos del Líbano. La cita en las urnas es para renovar los 128 escaños de su Parlamento, pero con escasas posibilidades de que la situación mejore para el libanés medio. El sentimiento general es que nada va a cambiar con estas elecciones.

El ‘país de los cedros’ acude a las urnas por primera vez desde que se hundió en la crisis económica y social que lo azota desde finales de 2019. Aquel octubre, una explosión de protestas populares masivas exigieron la salida de la casta política, a la que responsabilizó de la caída a los infiernos de la nación mediterránea por su negligencia y su corrupción. La situación empeoró tras la gigantesca explosión en el puerto de Beirut, que dejó más de 200 muertos, 6.000 heridos -muchos con secuelas de por vida-, 350.000 ‘sintecho’ y una ciudad devastada.

Es una de las tres peores crisis de los últimos 150 años, según el Banco Mundial. La libra libanesa, que mantiene desde la guerra civil una artificial paridad con el dólar, ha perdido un 90% de su valor desde 2019. Los bancos han impuesto un corralito que ha dejado a miles de personas sin acceso a sus ahorros. El 80% de la población vive por debajo del umbral de pobreza, según la ONU. El Estado es incapaz de proveer servicios básicos a la población, que vive entre constantes cortes del suministro eléctrico y con intermitentes ciclos de escasez de gasolina, medicinas y alimentos básicos.

Naciones Unidas acusó esta semana al Gobierno y al Banco Central del Líbano de causar esta situación, en lo que es el peor ciclo económico, social y político desde la guerra civil (1975-1991). «La crisis económica habría podido evitarse, fue provocada por políticas gubernamentales erróneas […] y una deuda pública enorme que condenará a los libaneses durante varias generaciones», criticó un informe del relator especial para los Derechos Humanos y la Pobreza Extrema, Olivier de Schutter.

En este escenario, pocos cambios pueden traer unas elecciones legislativas que se espera repitan el mismo esquema de reparto de poder y clientelismo. Una razón es que en esta nación donde conviven 18 comunidades religiosas, existen cuotas establecidas para todas las instituciones. La otra es que se presentan los mismos rostros, a excepción de Saad Hariri, ex primer ministro en tres ocasiones y líder del partido más influyente en la comunidad suní. Hariri anunció el pasado enero su retirada de la vida política y exigió a los miembros de su partido, el Movimiento Futuro, que boicotearan estas elecciones. Así lo han hecho, siguiendo las reglas no escritas en el Líbano de obediencia a los caudillos. Como resultado, los suníes de la otrora pujante saga Hariri quedarán diluidos en el hemiciclo.

Aunque hacía tiempo que no era uno de los partidos mayoritarios y había ido perdiendo prestigio, Futuro tenía 13 diputados en el Parlamento que salió de las urnas en 2018. La ausencia de Hariri es muy simbólica en estos comicios. Tras verse obligado a dimitir como ‘premier’ ante las manifestaciones de octubre de 2019, volvió al puesto meses después de la explosión de Beirut y fracasó en su intento de formar un Gobierno estable. Su retirada política podría leerse como una victoria de la sociedad que cargó contra los políticos que se encaraman al poder. Pero hoy por hoy, ningún otro líder ha seguido su camino.

El partido cristiano maronita Movimiento Patriótico Libre era el grupo más numeroso en el Palacio del Gran Serrallo, la sede del Legislativo, y los expertos vaticinan que mantendrá sus cifras. Como también sus aliados, los chiíes Hizbulá y Amal. Los tres liderarán, como en el pasado, los resortes del poder. Su asociación aupó a la Presidencia a Michel Aoun.

En el campo ideológico contrario se alzan las Fuerzas Libanesas del cristiano Samir Geagea, archienemigo de Aoun y Hizbulá, y el Partido Socialista Progresista del druso Walid Jumbulat. Su oposición al eje Aoun-Hizbulá-Amal se verá debilitada sin Hariri. A ellos se añaden los movimientos políticos ciudadanos formados tras la efervescencia social de 2019 y 2020, con propuestas de renovación pero enfrentados entre sí, lo que les ha hecho perder fuerza de cara a los electores como apuesta alternativa.

«Es duro pensar que la revolución fue para nada», lamenta Wisam Musa, un ingeniero informático de 30 años natural de Trípoli que descarta desplazarse allí desde Beirut para depositar un voto en blanco. «Es inútil», afirma al medio online ‘Now Lebanon’. El campo de la abstención es terreno abonado. Aunque la participación de la diáspora libanesa en el mundo -que es tres veces la población que vive en el país- se ha contabilizado ya en el 60%, el optimismo es moderado. Un 43,55% preveía no acudir a las urnas, según una prospectiva de la ONG Oxfam sobre participación electoral, al considerar que no hay «candidatos prometedores».

«Las elecciones pondrán fin a lo que comenzó en octubre de 2019 y reproducirán el poder dándole una legitimidad interna e internacional», pronostica para Afp Rima Majed, profesora de sociología en la Universidad Americana de Beirut.

El Parlamento que resulte de las urnas tiene ante sí tres desafíos que pueden dar lugar a nuevos impasses políticos a partir de su entrada en funciones el 21 de mayo. Uno será que la renovación de la Cámara tiene que desembocar en un nuevo Gobierno, con los problemas que eso conlleva en el fragmentado país. Una opción para sortearlos sería volver a encargárselo a Nayib Mikati, el actual primer ministro. Aunque eso choque con las ansias de renovación política.

El hemiciclo tiene también que elegir a su presidente, que según el sistema de cuotas es un cargo que recae en la comunidad chií -el primer ministro debe ser suní y el presidente, cristiano-. El presidente saliente del Parlamento es Nabih Berri, que lleva en el puesto sin interrupción desde 1992. Sacarlo de ahí planteará nuevos problemas de consenso.

El tercer desafío político a corto plazo es la elección de un nuevo presidente. Al actual jefe del Estado le expira el mandato el 31 de octubre. «Si un nuevo presidente se instala el 1 de noviembre en el palacio de Baabda, el Gobierno será forzado a dimitir», desencripta Scarlett Haddad en el diario ‘L’Orient-Le Jour’. Por esta razón algunos expertos estiman que no habrá nuevo Gobierno hasta la elección presidencial, pero otros defienden que el país no puede permitirse meses de bloqueo político de nuevo. Queda por resolver la crisis económica, negociar con el FMI, poner en práctica las reformas exigidas por la comunidad internacional para desbloquear la ayuda millonaria… Los caminos conducen, otra vez, a Mikati. El ya ha dicho que se presta a seguir como primer ministro.

Por todo ello es por lo que la profesora Rima Majed no piensa «que haya un cambio de escenario político» tras las elecciones. «La miseria infligida en la población puede ser revertida con un liderazgo que ponga la justicia social, la transparencia y la responsabilidad en el centro de sus acciones», proponía el relator de la ONU De Schutter. Sin renovar su clase política, Líbano saldrá de estas elecciones más polarizado y empobrecido.

Deja una respuesta